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Trabajar la tierra en Argentina es, antes que cualquier otra cosa, un acto de confianza. Confianza en el suelo, en la planificación, en el esfuerzo propio. Pero también en el clima, que en nuestro país puede ser tan generoso como imprevisible.

Cada campaña implica una inversión real y significativa: semilla, fertilizante, combustible, maquinaria. En muchos casos, entre 500 y 1.000 dólares por hectárea que quedan a cielo abierto, expuestos a lo que la naturaleza decida. Y en ese contexto, un solo evento climático puede cambiar el resultado de meses de trabajo.

El campo argentino y sus principales amenazas

Los cultivos extensivos más importantes del país —soja, maíz, trigo, girasol, cebada, avena y sorgo— se concentran principalmente en Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos, con presencia creciente en Santiago del Estero, Chaco, Salta, La Pampa y San Luis. Cada zona tiene su lógica productiva, sus ventanas de siembra y sus riesgos particulares.

Entre todos los riesgos que enfrenta el productor, el climático es el más difícil de anticipar y el que mayor impacto puede tener sobre la producción. Granizo, heladas, vientos fuertes, exceso de lluvia, incendios: eventos que no distinguen entre un lote chico y una empresa grande, y que pueden ocurrir en cualquier momento del ciclo.

El granizo, en particular, es el riesgo más frecuente y temido. Su formación responde a un patrón climático muy propio de la pampa húmeda: el choque entre el aire cálido que llega del norte y el pampero frío que avanza desde el sur genera los cúmulos nimbus donde las gotas de agua ascienden a más de 10.000 metros, se congelan, caen, vuelven a subir y crecen hasta que la gravedad puede más que las corrientes de aire. El resultado es conocido por cualquier agricultor. En el campo tienen un dicho que lo anticipa: «norte duro, pampero seguro». Cuando el calor se instala, la tormenta viene.

Históricamente, los meses de octubre, noviembre y diciembre concentran la mayor cantidad de tormentas con granizo —justamente cuando los cultivos de invierno están próximos a cosecharse y los de verano recién se siembran—. Es el momento de mayor exposición de la inversión y, paradójicamente, cuando menos tiempo queda para reaccionar.

¿Qué hace el seguro agrícola?

A pesar de la magnitud de lo que está en juego, hoy apenas el 50% de los cultivos en Argentina cuentan con algún tipo de cobertura. La otra mitad queda expuesta. 

El seguro agrícola —y en particular el seguro de granizo, que representa el 98% de los seguros agrícolas que se contratan en el país— permite al productor proteger su cultivo ante la ocurrencia de eventos climáticos que dañen o destruyan lo sembrado. No elimina el riesgo: lo cubre. Y esa diferencia es la que permite al productor seguir en carrera incluso después de un siniestro.

La lógica del seguro de granizo es directa: si un lote sufre daño, se indemniza en proporción exacta a la pérdida. Si sobre 100 hectáreas el daño fue del 10%, se indemniza ese 10%. 

La cobertura básica contempla granizo, incendio y resiembra. A eso pueden sumarse coberturas adicionales según las necesidades de cada productor y las características de cada zona: helada, vientos fuertes, lluvia en exceso, planchado y falta de piso, entre otras.

Los períodos de cobertura: una distinción importante

El nivel de indemnización varía según el estadío del cultivo al momento del siniestro. En el período vegetativo —desde la emergencia hasta la floración en oleaginosas o la encañazón en gramíneas—, la planta todavía puede resembrarse, por lo que la indemnización cubre los gastos necesarios para volver a sembrar dentro del mismo ciclo.

Una vez que el cultivo entra en el período reproductivo, ya no hay posibilidad de resiembra. A partir de ese punto, cualquier daño se indemniza en su totalidad sobre la suma asegurada.

¿Cómo se liquida un siniestro?

Ante la ocurrencia de un evento, el proceso arranca con la denuncia —que debe realizarse dentro de los tres días posteriores a conocido el hecho— y la asignación de un perito tasador: un ingeniero agrónomo matriculado que visita el campo entre 7 y 15 días después del siniestro.

El tasador trabaja con tablas de referencia y, cada vez más, con imágenes satelitales que permiten identificar con precisión las zonas afectadas antes de la visita al campo. Su tarea es determinar el porcentaje de pérdida física del cultivo, sin hablar de dinero: solo de daño.

Un ejemplo concreto: un cultivo de trigo en estadio de grano lechoso es golpeado por granizo. El perito encuentra tallos cortados (15% de pérdida directa), espigas colgadas por el golpe (7,82% sobre lo que quedó en pie) y desgrane adicional (21,61%). La suma da un daño total del 44,43%, que es el dato que llega a la compañía para calcular la indemnización. Al mes siguiente del relevamiento, el agricultor recibe su pago.

LPS Agro: respaldo para cada campaña

Pensando en los productores de toda la región, La Perseverancia Seguros incorpora LPS Agro, una cobertura diseñada para acompañar al campo argentino frente a los riesgos climáticos que pueden afectar cada campaña.

El seguro puede contratarse para los principales cultivos extensivos del país, con coberturas básicas y adicionales que se adaptan a cada zona y cada tipo de producción. Porque trabajar la tierra con respaldo no es un privilegio: es una decisión inteligente.

¿Querés conocer las coberturas disponibles o consultar por una cotización? Ingresá a LPS AGRO y encontrá toda la información.